David Alonso Echeverría y la danza experimental II

Si Lucia Joyce representa en la obra de David Alonso Echeverría el despertar de una danza emancipada, fragmentaria y experimental, Tamara Rojo encarna el extremo opuesto: la codificación perfecta del movimiento, la disciplina del cuerpo sometido a una geometría casi arquitectónica. En ella, el artista encuentra un modelo de precisión y control que le permite indagar en la tensión entre libertad y estructura, entre impulso orgánico y forma reglada.

Nombrada directora artística del San Francisco Ballet en 2022, Tamara Rojo no solo es la primera mujer en dirigir la compañía desde su fundación, sino también una figura clave en la renovación contemporánea del ballet. Su trayectoria —desde el English National Ballet hasta su actual liderazgo internacional— ha estado marcada por una visión expansiva: el encargo de nuevas creaciones, el impulso a coreógrafos emergentes y la búsqueda de una danza que combine tradición y riesgo estético. Para Alonso Echeverría, su figura simboliza ese punto de equilibrio entre técnica extrema y emoción contenida, entre una belleza medida y una energía interior que desafía los límites materiales del cuerpo y, por extensión, de la escultura.

Desde 2015, el artista incorpora progresivamente la danza al corazón de su práctica escultórica. Su serie dedicada a Tamara Rojo —iniciada en X y desarrollada hasta X— se estructura como una exploración del cuerpo disciplinado: cada pieza abstrae los principios técnicos del ballet clásico —el eje vertical, la alineación milimétrica, el trabajo de puntas, la rotación en en dehors— para trasladarlos al lenguaje del hierro. Allí, la materia emula la precisión del gesto y la contención de la energía. La escultura ya no es mero objeto: se convierte en coreografía suspendida, en registro tridimensional de un movimiento que exige equilibrio y control absoluto.

El contraste con Lucia Joyce define el arco conceptual de este corpus. Si las esculturas inspiradas en Joyce evocan la ingravidez del gesto libre y lo efímero del movimiento espontáneo, las piezas en torno a Rojo materializan la disciplina del cuerpo conquistado, el ascenso técnico que vence la gravedad mediante la pureza de la forma. De la improvisación a la norma, del impulso al cálculo, Alonso Echeverría articula una poética del movimiento entendida como continuum histórico: un diálogo entre danza moderna y ballet clásico, entre emoción y código.

En su serie Chroma, el artista amplía ese diálogo vinculando la danza a la escultura performativa, en línea con la obra de Joan Jonas o el Ballet Triádico de Oskar Schlemmer. Como ellos, concibe el espacio como escenario cinético donde volumen y ritmo coreográfico confluyen. En sus piezas, el hierro adquiere propiedades teatrales: vibra, se tensa, se sostiene en un equilibrio precario, evocando tanto la fragilidad del cuerpo como la permanencia del gesto.

De este modo, la danza se convierte en médium y metáfora. A través de Lucia Joyce y Tamara Rojo, Alonso Echeverría reescribe la historia del movimiento como relato material: un archivo escultórico donde la ligereza y la fuerza, la improvisación y la técnica, dialogan para revelar que la escultura —como la danza— solo cobra sentido en su relación viva con el espacio y el tiempo.

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